Manuel Blanco Romasanta aparece como bautizado en el libro de bautizados de la Parroquia de santa Eulalia de Esgos, en Regueiro, el día 18 de noviembre de 1809. La primera duda que suscita esta entrada el nombre. No aparece como Manuel, sino como Manuela.

 

Creció en esta pequeña aldea e incluso recibió la confirmación junto a sus hermanos, de manos del Obispo de la Diócesis, Dámaso Iglesias y Lago. Una vida dedicada al aprendizaje y a obtener cierta cultura, que más adelante le serviría para acometer sus perversas ideas, fue el producto de esos primeros años de vida del joven Manuel.

Con 21 años se casó con la joven Francisca Gómez Vázquez, en 1931. Este matrimonio duró apenas 3 años, y acabó con la muerte de su esposa, dejando viudo al joven con 24 años.

Se ganaba la vida ejerciendo los distintos oficios que había conseguido aprender los años anteriores. Sastre, tendero, buhonero, carpintero y la curiosa tarea de escribir y leer cartas a los lugareños, ya que era de los pocos que sabía ejercer este arte.

Pero siempre, eso sí, de manera ambulante, recorriendo los caminos y bosques de su Galicia natal. Conocía perfectamente los rincones, los escondites, los atajos y las sendas más ocultas en los extensos y densos bosques gallegos. Visitaba frecuentemente las aldeas, llevando noticias, cartas y los más diversos enseres para vender. Así no tardó en hacerse con la confianza de los habitantes de estas aldeas y pueblos, que confiaban en él de una manera muy sincera.

No era extraño, pues, que Manuela García Blanco, vecina de Rebordechao le creyera cuando Romasanta le prometió un futuro mejor para ella y su hija Petra, de seis años, fuera de Galicia. La promesa era encontrar trabajo en la vecina Santander, en la casa de alguna persona de cierto prestigio que les facilitara el futuro. Madre e hija partieron con el buhonero hacia Santander, y desaparecieron de la vida de la aldea para siempre.

Cuando, después de varias semanas volvió a Rebordechao, anunció que Manuela y Petra estaban bien situadas en casa de un cura en la capital cántabra, y que era fácil encontrar un trabajo en esa ciudad. El anuncio animó a otras mujeres para dar el paso y salir a los caminos y dirigi¡rse hasta la ciudad para colocarse y conseguir ofrecer un futuro seguro para sus hijos, casi todos ellos del corta edad.

Benita García, hermana de la primera, fue la segunda en partir con el “tendero”, y más adelante, la otra hermana, Josefa. A estas les seguiría Antonia Rua y otras, cuyas cartas llegaban a la aldea de la mano del voluntarioso buhonero, que leía las letras que enviaban a sus familiares.

No obstante, comenzó a circular la idea de que Romasanta no era tan buen samaritano como se pensaba, y circularon rumores sobre el destino real de las mujeres y los niños. El hombre intuyó quizás ya no era bien recibido en la zona, y alargó sus viajes, que llegaron hasta Toledo, donde también ejerció de “hombre para todo” ambulante.

Tanto era así, que en Toledo, durante la época de la siega, fue reconocido por tres labriegos de la zona, desplazados para el trabajo. Estos, suspicaces, denunciaron a Manuel ante las autoridades y lo detuvieron en el acto. Le acusaban de haber cometido varios asesinatos y de haber sustraído los bienes de las mujeres a las que había asesinado.

Lo sorprendente de la historia, y aquí entra la leyenda, fue la declaración del hombre. Confesó hasta 13 asesinatos, sí, cometidos de forma horrible, con incluso trazas de canibalismo. Pero lo que confundió a los fiscales y jueces fue su insistencia acerca de cómo los cometió. Según sus palabras, se convertía en lobo y no era consciente de sus actos. Era esta maldición, que había contraído años antes, la que le forzaba a cometer los asesinatos. Vagaba por los bosques, con forma de lobo y atacaba a los incautos que encontraba por ellos, dándoles muerte de forma inmisericorde y cruel.

En su declaración, añadió la participación de dos licántropos más, Don Genaro y Don Antonio, que le ayudaban durante las cacerías. Nunca se pudieron identificar estos personajes, pero lo curioso del caso hizo que se interesaran en él varias personas de renombre. Entre ellas la reina Isabel II, que conmutó la pena de muerte por la de cadena perpetua. También participó un tal DR. Phillips, un misterioso científico que creía poder curar la enfermedad mental de Romasanta con la “electro-biología”, que se cree que tenía que ver con los estudios de Mesmer, precursor de la actual hipnosis. Nunca llegó a comparecer, y Romasanta fue encerrado en la prisión de Allariz.

No hay ningún registro posterior sobre el fin del asesino, ni de traslados ni de fallecimiento, y no existe en ningún lugar una tumba con su nombre. Parece que se desvaneció entre los muros de la prisión la leyenda dice que convertido en lobo consiguió escapar de allí y se perdió en los montes, y todavía hoy hay quien asegura que se oye el aullido que señala su presencia…

 

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