Uno de los elementos más significativos de la iconografía gallega es el “cruceiro,” la cruz de piedra que jalona las encrucijadas de caminos y los atrios de las iglesias. Son más de 10.000 los catalogados en Galicia y, sin embargo, se desconoce su origen y se discute su significado.  

El crucero o “cruceiro” (galleguismo) es un monumento religioso constituido por una cruz generalmente de piedra (frecuentemente granito) y en menor medida en madera, sobre un pilar (constan de tres partes: base, vara y cruz), situado en un lugar público, principalmente encrucijadas (cruces de caminos), atrios de iglesias, lugares elevados, o sobre la extremidad de hórreos, o lugares en los que antiguamente existían cultos paganos a la naturaleza.

No son exclusivos de esta región: también aparecen en otras partes de la geografía española (como la cornisa cantábrica) y muy especialmente en Portugal y la Bretaña francesa. Por herencia cultural ibérica, también son abundantes en la arquitectura colonial de Brasil.

Es posible remontar su origen en torno al siglo XIV, pero su mayor desarrollo se produjo en el siglo XVII. Su tipología es variada, desde la extrema sencillez de una cruz hasta un prodigio de escultura; con capeliña (hornacina) o representando un calvario con las tres cruces.

Los etnógrafos hablan de cristianización de lugares de incertidumbre (las encrucijadas lo son) y de rituales y leyendas asociados a esas construcciones de piedra.

Según algunas tradiciones, servían para bendecir los caminos; otras los vinculan a rituales de sanación para eliminar los males del cuerpo y/o del espíritu. En algunas comarcas eran lugar de enterramiento de los niños no bautizados y los familiares dejaban marcas, cruces o iniciales grabadas en el varal.

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